La multiplicidad condena a Sudán al fracaso

Sudán se define en su multiplicidad. Pero es la muerte, hambre, violaciones, desplazamientos forzados, crímenes cometidos diariamente en uno de los santuarios de la diversidad cultural, étnica, lingüística del continente africano, lo que golpean nuestras retinas de muy vez en cuando. La diversidad de sus pueblos y riquezas naturales siguen imponiendo dinámicas de poder político, económico y social en Sudán. Las últimas sangrientas luchas intestinales, entre facciones militares por conquistar el poder central de Jartum, han asesinado decenas de miles de civiles, forzado a desplazarse a más de 11 millones de sudaneses y condenado a más de 25 millones a padecer la pobreza extrema por la destrucción de sus formas de vida. Las preguntas lanzadas al aire por observadores del conflicto sudanés son muchas sobre la respuesta ofrecida por la organización de las Naciones Unidas (ONU) a la mayor crisis humanitaria a la que se ha enfrentado esta institutición.

¿Por qué este conflicto no ha estado sobre la mesa del Consejo de Seguridad de la ONU desde sus inicios hace 19 meses?. ¿Por qué el Secretario General no ha activado los recursos a su disposición para frenar la escalada de la violencia contra la población civil? Por ejemplo la resolución 20417 para conflictos armados y pobreza que le permite incluir situaciones de emergencia en la agenda del Consejo de Seguridad. O ¿por qué no ha incluido el requisito de protección a la población civil en su informe presentado al Consejo de Seguridad, el pasado mes de agosto?. ¿Por que los diplomáticos de EEUU se enredan en desenredar la logística de mandar camiones con ayuda humanitaria, sin poner freno a las incursiones armadas que provocan esa crisis humanitaria? ¿Por qué no se presiona a los países del medio oriente y península arábica, Egipto, Arabia Saudi y los Emiratos Unidos Árabes, para que dejen de apoyar financieramente y suministrar armamento a las partes en conflicto?.

En Sudán no tiene cabida una solución unidimensional. La multiplicidad de los factores y actores involucrados emplaza a los mediadores a desenmarañar múltiples conflictos en marcha y desafíos enroscados en la historia reciente del país. La multiplicidad de foros de paz puestos habilitados por diferentes países nacen cojos y sin credibilidad para todas las partes beligerantes. La desconfianza brota en todas esas iniciativas impulsadas por diferentes actores internacionales con intereses en controlar el litoral sudanés. Los procesos de Manama de Egipto y los Emiratos Unidos Árabes, o el de Jeddah liderado por EEUU junto Arabia Saudí se embarrancan y fracasan en arrancar compromisos reales entre las partes en conflicto. El grupo paramilitar rebelde (RSF) y el ejercito nacional sudanés (SAF), antes colaboradores en el golpe de estado contra el gobierno de Omar Al-Bashir y ahora enemigos acérrimos que diseminan por igual el terror desde la capital de Jartum hasta la región de Darfur. 

El tablero de juego de las estrategias geopolíticas en la zona del mar Rojo está envenenando la multiplicidad de un país que sólo puede encontrar su estabilidad con una fuerza centrípeta que empuje a alcanzar resoluciones que construyan puentes necesarios para convivir en paz bajo el mismo cielo. En su contra juega las reservas naturales de materiales en alza demanda, como el gas, o su emplazamiento estratégico en el litoral del mar de Rojo. Principal vía de transporte marítimo que conecta Europa con oriente, por el que pasa el 30% del transporte marítimo mundial de containers. Sudán se ha convertido, sin pedirlo, en un peón del tablero de juego geopolítico del mar Rojo en los últimos 15 años. 

El país más extenso del continente africano hasta el 2011, el año de la independencia del Sur de Sudán, fue el primer país subsahariano que se independizó de la era colonial en 1956, no Ghana. La descolonización de Sudán dejó sin resolver múltiples contradicciones siempre al punto de eclosionar. Justo un año antes de su independencia en 1955, estalló la primera de las tres guerra civiles que han devastado el país. Durante 20 años el Norte y el Sur de Sudán lucharon por preservar su diversidad bajo un estado federal que liberara al sur de la opresión del poder político del norte del país. Una segunda guerra civil le siguió en 1983, tras la aplicación de la ley Sharia en todo el territorio por el gobierno central de Jartum. La mayoría de la población en el sur del país, negra, animista y cristina se levantó en armas contra la imposición de la cultura islámica. La diversidad de sus modos de vida, desde los pueblos nómada pastorales a los sedentarios sustentados por la agricultura, han generado fricciones que en muchos casos desembocan en enfrentamientos armados en la región de Darfur y el Nilo azul. 

Las tierras alrededor del Nilo son habitadas por los descendientes Nubios que por un corto periodo conquistaron el antiguo Egipto de la mano del monarca nubio Peye. El primer faraón negro. En Darfur y sus tierra altas habita el pueblo Fur, conocido por sus cerámicas y artesanía. Desde las alturas nos observa el pueblo Dinka, en el Sur de Sudán, que ostenta el título de ser las mujeres y hombres más altos del continente. Pueblos sedentarios al servicio de la agricultura y pueblos nómadas en busca del pasto para su ganado. Las lenguas acompañadas con su folklore cultural se multiplican en esta extensa y rica tierra. Esta riqueza emanada de la diversidad de su cosmos es en una condena. Una fuerza centrífuga que desintegra sus partes. 

El ex presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, artífice de la iniciativa de la Unión Africana, el Acuerdo Global de 2009 para Sudán, recuerda en el último informe, que sólo las organizaciones multilaterales poseen la legitimidad para coordinar procesos de paz en el país. Pero son demasiadas las veces que esas organizaciones son reacias a definir el problema para evitar molestar a los estados miembros, que incluyen a los actuales patrocinadores de las partes beligerantes. La importancia de la zona del mar Rojo, como vía de transporte entre el continente europeo y oriente, complica las dinámicas y multiplica los factores a tener en cuenta para cualquier resolución de conflicto en Sudán. Especialmente, la rivalidad entre Arabia Saudi y los Emiratos Unidos Arabes. Aunque Riyadh y Abu Dhabi no puedan imponer, por si solos, un acuerdo político legitimo y sostenible en el tiempo en Sudán, si pueden promover y encauzar el progreso para alcanzar ese acuerdo de paz. 

Sean las fuerzas centrífugas que desintegra sus partes de norte a sur, de occidente a oriente. Sean las guerras intestinales entre facciones para tomar el poder por la fuerza. Sólo una fuerza centrípeta que empuje hacia la unidad en la diversidad podría salvar el cosmos sudanés. Expertos de la Unión Africana concluyen que es el fracaso a construir puentes y cerrar las fisuras abiertas a lo largo de la historia lo que dirige a los conflictos violentos, viejos y nuevos que persisten hasta hoy. La misma profundidad de esas fisuras es lo que hace difícil puentearlos a través de las negociaciones lideradas por países que buscan posicionarse estratégicamente en la zona, sin tener en cuenta la real reconstrucción de su multiplicidad bajo el mismo cielo africano. Sudán y su multiplicidad se convierten en el último fracaso humanitario de la ONU y de la Unión Africana.